¡Buenos días! Mañana dará el Pregón mi apreciado Juan Miguel Vega. No puedo desearle sino lo mejor en ese trance difícil y siempre osado que es contarle a Sevilla nada menos que su Semana Santa. Juan Miguel vino hace mucho -pero que mucho- a entrevistarme para el periódico en el que por entonces trabajaba. Nos citamos en los Estudios de Alta Frecuencia, allí donde quedaban a nuestro lado la mesa de mezclas, la pecera y el micrófono desde el que había puesto la voz a mi primer disco. Guardo los recortes de esa entrevista entre los más bonitos que tengo como muestra de eso que llaman salir en los papeles. Además, Vega me llamó una cosa que me gustó mucho: «Este adolescente de treinta y cinco años», dejando en letra impresa una constante en mi vida como ha sido la de desorientar y contrariar al DNI, la constante que me acompañó hasta en el primer pensamiento que causé en mi mujer nada más vernos la primera vez, teniendo ella sólo 19 años: «¡Qué mayor es, pero qué joven es!». A estas alturas, con las hojas «llenitas de ayer» (que diría Serrat), de hoy y de futuro de la Semana Santa sevillana, el pregonero ya tiene prácticamente la suerte echada, aunque mucho mejor sería descartar el factor suerte. Y que cuando la gente salga de haberlo oído en el Maestranza, no diga aquello de que es un pregón para leerlo o lo de que «ha sido un pregón muy suyo». Malo entonces. Que sea el Pregón de la Semana Santa de Sevilla, el Pregón de todos. Y que no anuncie al hijo del pintor, sino al Hijo de Dios. Feliz sábado.





