¡Buenos días! Por estas fechas de pregones recuerdo el que di en el Círculo de Labradores. Y digo que lo di, porque bien pensado los pregones se dan, más que pronunciarse. Se dan, porque aquella primera experiencia (después vendría una segunda) la afronté como un acto de total generosidad, de una absoluta entrega contando tu vida en la Semana Santa de Sevilla. La sinceridad fue una premisa indispensable, que me exigió hasta no seguir ni el protocolo de ir nombrando cofradía por cofradía. Yo no era el programa con la nómina y sus horarios, así que me ofrecí libre y sin corsés en una autenticidad de vivencias que me dejó vacío ante el público. Desde el atril, yo no bebía agua de vez en cuando para hacerme con mi voz, sino para mantener mi resistencia, para seguir en pie y no ser abatido en el campo de mis profundas emociones. Poco antes de empezar, el actor Miguel Caiceo (mi compadre) me había preguntado «¿estás nervioso, Pepe»? Le contesté «nervioso no, Miguel, lo que me preocupa es aguantar físicamente; no traigo un pregón, traigo las cinco horas con Mario de Lola Herrera». Me presentó el sacerdote Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp, con quien al terminar me di un fuerte abrazo. Y los asistentes fueron tantos que al Salón Real, donde el pregón tuvo lugar, hubieron de traerse más butacas de las que de por sí cabían. Y al llegar el momento final de las felicitaciones, alguien supo darme el diagnóstico de cómo me encontraba: «A ver cómo caminas ahora, porque te has dejado ahí el alma». Me había despedido con los últimos versos de un largo poema al Gran Poder: «… desde mi muerte a tus manos, todo se irá deshaciendo, las filas de penitentes, la cera quemando el suelo, la sangre que está en tu frente, la rigidez de tus dedos, sólo tendrás las potencias luminosas del cabello, y esa forma de quererme lo mismo que en San Lorenzo». Los aplausos ahogaron la clásica forma de despedirse un pregonero: He dicho. No me dieron tiempo para que se oyera. Feliz viernes.
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