¡Buenos días! ¡Qué tiempos fueron aquellos en los que tuvimos esa edad en la que aún hay más una vida por delante que por detrás, cuando en el colegio las mañanas y las tardes de aquellas cuaresmas iban tocando a su fin, mientras se acercaban las vacaciones de Semana Santa! Yo había conseguido -y a ver qué remedio- llegar a esas fechas resignado a soportar unas clases en las que ya no me enteraba de nada. Yo no entendía cómo podían coincidir aquellas clases con la llegada de la primavera. Había perdido todas las batallas con la paciencia y con mis nervios. No me entraba ya ninguna lección en la cabeza, sólo me cabía entonces Sevilla en el alma. Y empezaba a habitar, para toda la vida, en un estado anímico ajeno al de la calma de los demás, envidiando tanta tranquilidad a mi alrededor, y en mis compañeros el dominio de sus voluntades. Yo era un pésimo alumno incapaz de asumir en Sevilla un destino diferente al del encantamiento y la fascinación. ¿Estudiar cuando la vida llamaba con tanta fuerza? Estaba averiguándome ya como un bicho raro, en esa extraña y sufrida condición a la que muchos años más tarde le llamarían ser artista. Padecía las consecuencias y las fiebres de un adicto privado de su dependencia, harto de aquellos profesores que no hacían más que cumplir con lo suyo, pero que me parecían exiliados del aire y su perfume. Feliz jueves.





