¡Buenos días! En el rodaje de una película pueden citarte a las siete de la mañana para una secuencia que finalmente se grabe doce horas después. Yo lo he visto. Sé que hago así una simplificación extrema de lo que supone el paciente trabajo de los actores y decenas de técnicos levantando el complejo y dispar armazón de una película. Tampoco es que haya estado uno en muchos rodajes, ni mucho menos en superproducciones como las de «Ben-Hur», o metido en las gloriosas imitaciones cartón piedra de Cinecittà, ni en trepidantes acciones como las del invencible James Bond. Generalmente me ha tocado presenciar un cine español tantas veces empachado de una Guerra Civil manipulada, que sólo se cuenta desde la palmaria desmemoria de un bando. Son capaces de analizarnos a Sevilla sin Triana o a Triana sin Sevilla. Es la manía de inculcar que la parte es el todo. Y la de falsificar la moneda de la historia con tal de conseguir subvenciones para economías de tantos números rojos (digo lo de rojos sin doble sentido, por un concepto estrictamente bancario). Pero en fin, a lo que iba, poner los pies en un rodaje puede ser tan fascinante como agotador e incomprensible, más que nada porque sólo las cabezas de los directores tienen ordenadas de antemano las piezas de un puzle del que no sabes ni imaginas cómo van a encajar. La cocina mágica del montaje te lo explicará todo cuando asistas al estreno. Pero hasta entonces habrás conocido horas y horas de aguante y repeticiones para obtener la toma que busca el director. Ser invitado al privilegio de conocer eso, también te deja los riñones como cuando en Semana Santa esperas un paso a costa de tragarte el lento discurrir de miles de nazarenos. Agradezco, no se imaginan cuánto, las sillas de los rodajes. Y me acuerdo de nuestro genial Fernando Fernán Gómez, que dijo sobre su largo oficio en el cine: «Al final nos pagan, más que por actuar, por esperar».





