
¡Buenos días! La ciudad lleva ahora una cuenta de interiores, un reloj que marca intimidades. En las iglesias se están montando los pasos. Son estos días en los que parece que en los templos se guardara el secreto a voces de la Semana Santa a la vuelta de la esquina. Los siento como un vientre a punto de dar a luz. Cuánto recuerdo por estas fechas los tiempos aquellos de los colegiales que fuimos y que, al terminar las clases, nos recorríamos juntos, como en pandilla, La Anunciación, El Salvador, San Vicente, Santa Marta, San Lorenzo, para ir viendo cómo iban los pasos. Les pasábamos revista diaria, llevábamos el control de la colocación poco a poco de todo: los respiraderos, los faldones, los candelabros, los palios, la cera… hasta el último tornillo estaba vigilado, cualquiera hubiera pensado que de nosotros dependía la buena marcha de aquella preparación ilusionante, el visto bueno al ritmo del hermoso trabajo de los priostes. De aquellas carteras de cuero y hebillas, tan grandes y pesadas por la carga de los libros de Luis Vives o Anaya, de valernos hubiéramos sacado un acta para dar fe de que los plazos de la nueva Semana Santa se iban cumpliendo. Feliz miércoles.





