
¡Buenos días! Pasando los años dejaron de publicarse las revistas de primavera. Sus directores y artífices se hicieron demasiado mayores como para afrontar un trabajo a muchas bandas en el que casi se es un hombre orquesta y juanpalomo. Pero yo tenía 22 años, acababa de salir de la mili, y decidí devolverle a mi ciudad una tradición que sólo entendí interrumpida si servidor era capaz de restaurarla. Desde ese vacío editorial se me ocurrió fundar y dirigir «Sevilla Nuestra», cuyo título y filosofía se ha extendido hasta nuestros días a iniciativa y saber de mi apreciado Alejandro Ollero, capataz honorario de la Virgen de la Amargura.
He de reconocer que mi carácter natural para atreverme con mis ocurrencias, mi idea de que sólo le temo a tener miedo, me dio el valor necesario para meterme en uno de los tantos líos maravillosos en los que me he metido en mi vida (y los que me quedan, siempre si Dios quiere, por supuesto). Y también he de hacer justicia de mis empeños a mi padre, que tanto me ayudó para gestionar la publicidad y para idear ciertos contenidos que resultaron de una gran eficacia para el éxito rotundo de unas ventas que agotaron todos los ejemplares, además de recordarlo ahora sentado a la mesa de la improvisada y repentina redacción en la que convertí el salón de nuestra casa. Las ayudas gratuitas me llegaron de todas partes: fotógrafos, escritores, poetas… Y cuando hice acopio de todo el material me fui a la más afamada imprenta de entonces, Gráficas del Sur, en la calle San Eloy, con los talleres de impresión en Pelay Correa, de la que nunca olvidaré a mis queridos amigos regentes los hermanos Saénz, Joaquín y Emilio. Y como jamás me detengo en ambiciones que yo entiendo como justas, me dije: «Esto tiene que reconocerlo el mismísimo alcalde, Sevilla ha recuperado la revista de primavera». Luis Uruñuela me recibió en su despacho del Ayuntamiento y le entregué el primer número. ¡Feliz lunes!





