¡Buenos días! Debo a mi honradez que conste cuanto antes que yo contemplo el viaje papal desde fuera del catolicismo, en el que nací y fui bautizado, pero del que me autoexcluí hace años. También deseo sincerarme en que no he esperado la visita de León XIV con la misma expectación ni parecido entusiasmo o interés que aguardé la llegada de Juan Pablo II a Sevilla el 5 de noviembre de 1982. Pero aunque uno ya no sea el mismo (algo que siento particularmente como un necesario e inaplazable avance personal y una gran luz para mí), sigo creyendo profundamente en Dios, en Cristo y en su Resurrección. Y vuelve a emocionarme, como en los primeros días españoles de San Juan Pablo II, ver a miles de personas con tanta hambre de Dios, buscando en la figura del Pontífice la manera desesperada de agarrarse a un clavo ardiendo de verdades, gentes hartas de los vacíos y estafas de los políticos y tantas construcciones sociales y hasta religiosas edificadas sobre engaños. Hablando de engaños, me pareció muy esperable y sin sorprenderme el de ayer en el Congreso de los Diputados, la pose hipócrita de una larga ovación de más de siete minutos que llegó a sonarme como si hubieran puesto un disco de aplausos. ¡Feliz martes!





