¡Buenos días! Escribo estas líneas desde el mismo pulso y los latidos que me regala el amanecer de esta mañana solemne de Sevilla, en la que hemos visto salir a las seis y media desde su templo de los Terceros al Señor de la Cena. Todos los años vamos al encuentro de este Dios madrugador de calles aún vacías y a medio despertar, a punto de recibir otra vez el pleno milagro del estreno de la nueva luz. Nos fascina este verdadero Dios y verdadero hombre que es el Señor de la Cena en sus ojos, en la mirada sin dudas en todas las esperanzas, de su fe inquebrantable. Cruza la puerta y oigo el himno que me llega desde la infancia, cuando lo escuché por primera vez en una procesión de impedidos por Los Remedios, de aquellas en las que se llevaba la comunión a los enfermos que la esperaban en sus casas postrados en la cama. Iba el párroco don Otilio bajo palio y mi madre coreando, junto a otros vecinos, una letra que me impresionaría: «Cantemos al Amor de los amores». Fue entonces, tan niño, cuando supe de qué Amor inmenso emanaban todos los demás amores, todos nuestros amores. Fue entonces cuando descubrí que Dios era el mayor y más grande romántico. ¡Feliz jueves!





