
¡Buenos días! Aquellas revistas de Semana Santa, de las que ya os conté cómo mi padre aparecía en casa trayéndomelas por cada Cuaresma, me hicieron descubrir que había un olor especial que añadir a los aromas del feliz tiempo de las vísperas. Un olor que iba a quedarme para siempre en esa memoria de la que habló Marcel Proust con una magdalena de su infancia. Y es que al olor de las torrijas, de los pestiños, del incienso o del azahar… el olor de las túnicas recién planchadas y colgadas para el gran día de convertirte en un nazareno de Sevilla, a esa olor iba a sumarse otro que gracias a mi padre formaría parte hermosa de mis impaciencias con el Domingo de Ramos: el olor de la tinta recién impresa de esas revistas. Yo las abría, antes que para verlas, para acercarme a la misma nariz ese parto intenso de los talleres y gráficas de donde habían salido como si fuera un horno lento de textos y cuatricomías, donde se cocían a base de semanas las fotos y los poemas de mi Semana Santa de niño, los versos de Ramón Charlo, de Francisco Valdés Montes, de González Alorda, y las imágenes en blanco y negro de estudio de Gard o de Fernand. Me acuerdo especialmente de un montaje, adelantado para la época, de la cabeza insinuada en su contorno del Cristo de las Penas llevando en sus pensamientos a su Madre de la Estrella. Aquel olor penetrante se desprendía para mi asombro de aquellas hojas nuevas de otra Semana Santa como si fueran las mismas hojas del naranjo donde ya por aquellos días brotaba la nieve primaveral del azahar. ¡Feliz domingo!





