¡Buenos días! Yéndose abril, la actualidad me hubiera tenido perplejo en otro tiempo, mire a donde mire, por el mundo y no digamos por España. Pero ya es tarde para que algo me deje perplejo, para que haya noticias dignas de asombro o desconcierto. Hace muchos años que tengo asumida la condición humana. Y desde mi observatorio atento a conductas ajenas, y hasta a las propias, sólo los seres más excepcionales pueden ofrecerme emociones y sorpresas. Entre lo común, siempre lo mismo, más de lo mismo: tacaños en mostrar admiraciones o afectos, aburridos inmersos en el milagro de vivir, gente de una economía inútil en cariños, en dar una enhorabuena a tiempo o responder gracias con la misma abundancia que te han felicitado… Nada es como es o, quizás, como uno creyó en épocas que lo fue. Seguramente seamos demasiadas diferencias como para perseguir la unión, un sueño estéril. En cualquier caso, me encuentro fuertemente blindado frente a tanto semejante insípido, híbrido, ni frío ni caliente, a quienes cierro mi puerta y abandono a sus suertes habitando la tierra de los templados. Y como cantaba mi admirado y gran poeta Luis Aguilé (un gran artista más allá de las anchas corbatas y la chatunga), «aparte de esto, gracias a Dios, la vida pasa felizmente si hay amor».





