
¡Buenos días! Es verdad lo de que en la Feria se sabe cuándo se entra pero no cuándo se sale. A viernes estamos ya después de volver temprano. Temprano es una ironía con la que refiero haber dejado el Real dando las claras del día, con el amanecer azulando los adoquines que por la muralla del Alcázar te van llevando a la Plaza del Triunfo y al pie de la Giralda, esta Giralda a la que no hay quien achante en esbeltez y hermosura por más que este año no se haya puesto los peinecillos y flores de sus jarras de azucenas. El camino me va dejando memorias de momentos imbatibles de alegría por más que la vida los vaya a mezclar a estas horas con otros que no lo fueron tanto. Son memorias entrando en el álbum de estampas de tantas ferias pasadas igual que va a pasar con esta. Para recuerdos de otros amaneceres idos me vienen los de aquel incomparable amigo que fue Fernando Parra padre, cuando al alba de uno de sus gozos feriales en su caseta de la Buena Gente, alguien le escribió: «La Feria qué sola está a las diez de la mañana, cuando Fernando se va».





