¡Buenos días! A estas alturas de mi vida y de lo que llevo en el cuerpo, Sevilla necesita de urgencia un manual de presentación de actos públicos. Le hace falta como el comer un libro de instrucciones que enseñe siquiera unas mínimas normas básicas para salir airosos e incluso brillantes del trance. Esto hace falta para las presentaciones y hasta para el desarrollo de lo presentado. Sevilla está en eso más frita que la Gala de los Goya, que ya es decir. La de gente que anda buscando no ya su minuto de gloria, sino catorce si hace falta. Que como pisen un estrado o trinquen un atril le cogen el gusto enseguida y no hay quien los arranque de la palestra, incapaces de soltarse del mono de la vanidad y el engreimiento. Es esa gente que se escucha mientras habla. Es esa gente que te hace perder el hilo de su discurso interminable, con la que te parece estar viendo la tele y te ha salido en el tiempo de los anuncios aquello de «volvemos en 7 minutos». Esa gente que te presenta un libro y te desorientan sobre si realmente lo están presentando o es que te lo van a leer entero. Ayer mismo un pregonero que lo fue debió creerse que volvía a dar el pregón. Un saetero demostró palmariamente que querer no es poder. Una banda impecable caía en este tiempo de tantos declives en el error de interpretar «Macarena», de mi querido amigo Abel Moreno, incorporando un arreglo cateto de castañuelas. Un supuesto oficiante de ceremonias, no tenía buena voz para guiarnos. Y un hermano mayor aún no sabía, después de tantos años en el cargo y en semejantes situaciones, cuál es la distancia adecuada entre un micrófono y la boca para que podamos entender qué está diciendo. A todo esto se le ha llamado desde siempre un tostón. Tedios aparte, nos salvó -como siempre- que estaba Ella. ¡Feliz sábado!





