¡Buenos días! Lo que pasó con el Pregón de Carlos Herrera, ahora que ha cumplido 25 años, ya lo sabe todo el mundo y no hago yo falta alguna para contarlo. Está en el recuerdo inamovible y fijo de la excelencia cómo llegó al escenario y hasta el atril altar de su desposorio, con aquellas maneras que sólo es capaz de gastarse el dominio de la seguridad; pisó las tablas con la serenidad de un buen opositor a notaría; y la voz: esa voz innata, natural, pero llevada a curtirse y a conocerse por los audaces caminos de los que están hartos de atreverse con ellos mismos, las sendas incansables de los que no cesan de reflexionar sobre la vida, sin conformarse con el mero cristal de las ventanas tras las que lo mejor queda fuera, requiere abrirlas y hasta tirarse por ellas. Narró entonces su llegada a Sevilla, recién bajado de un tren, y sentir de la ciudad «ese dulce tiroteo de tus ojos», cuando le dijo pasa… y pasó. El gesto era justo aquel que se detenía en los límites con el exceso y el territorio elegante que ya ha superado la cortedad. Y la voz otra vez sobre un maravilloso y sabio texto de magistral prosa que distribuía en periodos de un equilibrio exquisito lo poético con las más rotundas verdades sin rodeos. De allí salió la invitación de «¡a la gloria, sevillanos, a la gloria!». ¡Ay si el Consejo hubiera sabido siempre, como aquel año, lo que es un Pregón! Si hubiera tenido más ojo clínico y menos enchufes. Si hubiera elegido con justicia a quienes debieron haber dado el Pregón y nunca lo dieron. Ha dejado la historia del acto apoyada en unas cuantas honrosas excepciones, intercaladas entre muchos tostones. ¡Feliz sábado!





