¡Buenos días! Iniciamos la semana que acabará en el Domingo del Pregón. Es la semana de la cuenta atrás del pregonero, mi querido amigo José Antonio Rodríguez, al que le deseo poder con ese cáliz que Sevilla (o el Consejo más bien y tantas veces en su historia los enchufes), da a beber a quien tiene que hablar de la Semana Santa justo aquí, donde todo el mundo sabe de Semana Santa una jartá. El Pregón es uno de los géneros más difíciles que conozco, porque hay que reunir muchas capacidades a la vez para que se salga airoso y hasta triunfador del trance. Pocos lo han logrado entre la numerosa nómina que fueron dando los años, desde que allá por los principios de los 40 del siglo pasado germinara en un modesto acto literario, sin demasiadas pretensiones de futuro, lo que andando el tiempo tomó los modos y protocolos que llegó a alcanzar. Para ser un pregonero haciendo historia y formar parte de la memoria colectiva décadas después de haberlo sido, por de pronto hace falta una sensibilidad agudísima (no ya sólo con la Semana Santa, sino con la propia vida), un texto magnífico, una voz honda y penetrante, sabia para modularse como si fuera la de un buen cantante experto en matices, una gestualidad de gran actor, un dominio escénico absolutamente teatral. Y artista. El pregonero tiene que ser artista. Puede ser abogado, médico, juez, periodista… lo que se quiera. Pero artista. Por no serlo han sido innumerables los casos de quienes se estrellaron en la gran ocasión de dar el Pregón. ¡Feliz lunes!





