Es la imagen que tomé ayer, hacia las tres de la tarde, del último suspiro azul de Sevilla, la última tregua que le permitió el cielo antes de cubrirse de nuevo por nubes que no saben lo que es cansarse de llover. En lo alto de la Giralda y sobre su cuerpo cristiano de campanas ha quedado la crónica de los fuertes azotes del viento aliado con los frentes incesantes y en fila de estos días. Ya saben que falta una azucena caída al vacío, arrojada desde su gloria, vencida en sus virtudes y rota en sus aromas. Volverá con el sol, el que todos esperamos cuanto antes para que rehabilite tantos campos anegados hasta la saciedad y tantas casas y hogares evacuados y tragados por la bravura de un agua salvaje. Como si a la gente le hubiera pillado la vida en una tempestad de alta mar.
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