Buenos días. Creer en Dios ampara, entre otras cosas, que los sinsentidos de esta vida puedan comprenderse en la otra, que las sinrazones de este mundo hallen luces en el venidero. La escueta acera de la estrecha calle Don Remondo acoge esta mañana, sin amanecer aún, unas velas rojas encendidas al borde mismo de la memoria indeleble de esta fecha. El 30 de enero de 1998 caían ahí mismo asesinados por ETA los cuerpos de Alberto y Ascen. En Sevilla los llamamos así desde entonces, sin apellidos, como dos afectos profundos de la ciudad, dos heridas hondas que nos surcan a todos por un itinerario de regreso a casa que el crimen organizado impidió para siempre. Camino lento ante esas llamas recordando una sangre inolvidable. Y me santiguo. No queda otra, salvo la esperanza (siempre la esperanza) de la explicación que un día nos dé el cielo. ¡Feliz viernes!
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