¡Buenos días! Mientras la Fiscalía de la Audiencia Nacional, en meras fases preliminares, estudia si judicializar o no la denuncia interpuesta contra Julio Iglesias, muchos desprecian la obligatoriedad legal de la presunción de inocencia, al tiempo que se lanzan, como si hubieran accedido a la judicatura (ganada en arduas oposiciones), a dictar sus sentencias condenatorias. Nada nuevo bajo el sol (o los nublados) de este país. Esto es muy viejo, no está siendo estrenado precisamente ahora. Las figuras de relevancia, los triunfadores, tienen todos larga experiencia en beber el amargo cáliz del escarnio público. Si alguien tiene interés por conocer cuánto de lejos vienen las lapidaciones, que lea en un sólo artículo todo un tratado de inquisición popular contra nuestros ídolos patrios. Se tituló «Calumnia, que algo queda», y lo publicó en el Diario Pueblo, allá por 1972, mi admirada Natalia Figueroa en defensa de Raphael, por otros ataques distintos a los del caso Julio Iglesias. Como a todo el mundo, también a mí me queda por ver desde estos momentos iniciales el final de su recorrido. Pero nada más empezar ya tengo averiguada y localizada la identidad de la envidia perenne, las rabias guarecidas en las barrigas con un gato dentro, las frustraciones escondidas en estómagos repletos de cristales, las amarguras más inconfesables, o la revelación del asco que sienten sobre sus propias vidas. No se perdona nunca el éxito ajeno de un semejante y que uno mismo no haya sido capaz de alcanzar. ¡Feliz jueves!





