Como se trata de dar los buenos días, procuro que estas líneas abrevien lo más posible cada mañana; de otro modo me encajaría dando las buenas tardes y hasta las buenas noches, y no es plan. Pero miren por dónde que cuanto me hubiera gustado decir ayer sobre la copia imposible de Rocío Jurado, me lo escribió en un comentario mi admirada cantante Isabel Luna: «No sólo era su voz, era y será por siempre una diosa de cabeza a pies, desde su manera de mirar, respirar, mover la melena, la personalidad y el talento magistral de una artista irrepetible». Lo corroboro, mi querida Isabel, de buen gusto y exquisitez musical; lo corroboro porque todavía hay gente que cree que esto empieza y termina en cantar, en sólo estar dotado de una gran voz, en dar el do de pecho y ofrecer actuaciones como si fueran clases de canto y exhibiciones de amplias tesituras. Entonces no hubiera sido Julio Iglesias un vendedor de cientos de millones de discos comprados en todo el mundo. Y en el grandioso caso de uno de nuestros mitos más gigantescos, un día le dije a Raphael: «Tú puedes controlar de todo menos una cosa. Puedes controlar el repertorio, el orden de las canciones en los conciertos, el cuidado de la prodigiosa garganta que Dios te regaló, las luces, el sonido, el vestuario, la elección de los músicos… lo que tú quieras. Pero hay siempre un factor que escapa a tu control, que no depende de tu voluntad: el enorme carisma que tienes. Eso no se ensaya, eso no se aprende». Estuvimos completamente de acuerdo. ¡Feliz jueves!





