¡Buenos días! Si de sobra sabemos que Sevilla es una ciudad en la que las tradiciones toman forma de culto, de repetición sagrada de lo entrañable, no me cabe duda de que se ha convertido en otra tradición el Concierto de Navidad del Teatro de la Maestranza, ofrecido cada año, en las gozosas vísperas de una nueva Nochebuena, por la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Y, por esta vez, de la mano de una muy especial colaboración: la Escolanía Domus Carmina. Fue como una portentosa globalización musical para conmemorar la llegada del Mesías, de Jesús, el Redentor del mundo. Fue un escalofriante dueto coral en el que llegué a sentir eso de que «Dios los cría y ellos se juntan». Para un resultado tan magnífico es indispensable una clave, un código imprescindible a seguir incesante y sin declives, la idea suprema de la conjunción, del ajuste perfecto, de que se hallen reunidos todos los que necesariamente hacen falta. Ni uno más, ni uno menos. Y allí estaban sobre el escenario con friso de flores de Pascua los que hacían falta para producir un prodigio. Las direcciones de la Sinfónica y la de la Escolanía Domus Carmina, impecables, chapó en sabiduría, talento, arte mayor, exquisitez y rango superior de respeto a las memorables melodías del mejor universo navideño. El público del Maestranza, de marcado y visible carácter familiar, aplaudía largamente las interpretaciones, que iban transformado el amplio aforo en hogares participantes y al unísono de un mismo portal y de un inmenso Belén para todos. Si la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos, la música de ayer tarde, para mí al menos, se alzó con la distancia más corta entre Dios y los hombres. Que se lo hubieran dicho (si es que él mismo no se lo dijo) a Juan Sebastián Bach. La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla con la Escolanía Domus Carmina demostraron conocer que el ser humano tiene corazón. Supieron cómo se llama a esa puerta.





