¡Buenos días! Vuelvo a darlos con la Macarena. ¿De qué voy a escribir mejor, de políticos y sus capítulos en los que seguir cómo se han situado en un negocio que consiste en saquearnos fiscalmente, en robar a los contribuyentes? El más digno serial del que dispongo ahora mismo es seguir a la Macarena. Su besamano en San Gil es impecable, exquisito, refinado, palabras que ya no parecen de este mundo con tan poca educación y catetos por todas partes, cada vez más. ¡Ay, Sevilla, que te estás perdiendo por los caminos de lo chabacano! Hasta la iluminación que cae sobre la estampa antigua y de solera de la Esperanza (¡vaya acierto de vestidor!), bajada del retablo que le donó en 1940 Federico Cazorla, nos recrea a la Virgen en una penumbra centenaria de electricidad humilde e íntima. Desde luego que bien que han llegado a la Macarena los nuevos tiempos de la excelencia propuestos y anunciados por Fernando F. Cabezuelo, nuestro hermano mayor, al que mi mujer y yo saludamos y felicitamos otra vez junto a la Virgen. También lo hacemos con Manolo Campbell, consiliario primero, y con su hijo Manuel. Mi mujer y yo celebramos cada 18 de diciembre, muy agradecidos a la Esperanza, que fue en su festividad cuando nos vimos, hace ya diez años, la primera vez. Fue aquella noche en la que Beatriz, con sólo 19, pensó aquello de «qué mayor es, pero qué joven es». Ya nos íbamos de la Basílica y nos encontramos a Jesús Crespo, quien hace bien en entender como trascendentes todas las cosas de la vida y en vez de llamar casualidades a muchas coincidencias inesperadas, las llama «diosidades», porque sólo en Dios las concibe. Y nos dimos un fuerte abrazo con Rufino García-Otero, un hombre cabal que puede sacarte en un momento de tus errores más inamovibles. Estuvo aquí o allí en el periodo electoral, es amigo de Cabrero, pero no pierde de vista lo que es su Hermandad de la Macarena y ahora cierra filas y rinde respeto a Cabezuelo. ¡Feliz viernes a todos!
….




