¡Buenos días! Acompañando a mi mujer en un viaje de trabajo como modelo, he podido conocer Estambul. Grandiosa, extensa como cuatro Londres juntas, poblada de veintiocho millones de habitantes, multiplicada islámicamente por más de tres mil mezquitas inabarcables en tierra con capas de varias civilizaciones que fueron llamándola Bizancio, Constantinopla y ahora, un ahora desde hace mucho, Estambul. Visitarla y recorrerla, con cuestas que ríete de la del Caracol, ha sido otra ocasión de reducir mi vasta incultura, esa que ya viene de corregirse por pueblos y ciudades de España, entre ellos sus islas Canarias y Baleares… y por Francia, Inglaterra, Alemania, Portugal, Italia, Israel, Puerto Rico, islas del Caribe, que recuerde ahora y al punto de estas líneas. Y siempre la misma conclusión: que mi punto de partida, Sevilla, es siempre un punto para volver. Se puede salir desde ciudades que te permiten afincarte en otras, pero Sevilla, vea lo que vea y vaya a donde vaya, acaba por ser el deseo de regresar a ella, un universo en sí misma para echarla de menos. No es para mí el ombliguismo del que se nos acusa a los sevillanos. Es mi mejor manera de vivir y de sentir. Si me apuro, hasta la mejor manera de comer y de beber. Y vuelvo a acordarme de lo que dijo Antonio Gala: «Lo malo no es que los sevillanos crean que viven en la ciudad más bonita del mundo; lo peor es que a lo mejor llevan razón». Y aquella apostilla del ingenioso rockero Silvio: «Sevilla no tiene que demostrar que es la ciudad más hermosa del mundo; que lo demuestre la segunda». ¡Feliz lunes!




