¡Buenos días! La vida me regaló uno de esos momentos de oro que tanto se ha prodigado en obsequiarme. Fue uno de esos días en los que te viste de luces y te bendice. Durante el verano de 1996 estaba yo, como tantas veces, pasando la tarde en el chalet «Las cinco farolas», de mis queridos e inolvidables Juanita Reina, su marido, el bailarín Caracolillo, y el hijo del matrimonio, Federico. Habiendo sacado ya dos discos, las cosas no me iban precisamente bien, al menos de la forma que yo entendía lo de ir bien, sobre todo en ganancias. Y como tenía con ellos toda la confianza del mundo, de pronto le dije al bailarín en presencia de Juanita: «A ver, Federico, me voy a ir a Madrid a cantar en la boca del metro hasta que la cosa salga palante…». De inmediato me echó una mirada que fue todo un prólogo a lo que le pareció mi idea, y sin contemplaciones emitió su juicio: «Tú estás como una cabra. Además, en el metro ya no va a haber sitio para ti, porque cuando tú llegues ya habrá allí cuatro o cinco antes que tú y te van a rajar. ¡Si tú supieras la de artistas que quisieran tener lo que tú tienes!». Se refería a mi puesto fijo en la Administración. Y con sobrados argumentos sobre la verdad de la apariencia de tantos famosos, añadió: «Tú tienes lo que no tienen ellos: la gala fija». Nadie hasta entonces me había dicho una cosa así, de esa manera, y menos habiendo sido un triunfador en New York con sus actuaciones en el Radio City Music Hall, recibiendo en su camerino la felicitación del Hollywood de la época, con visitas como la de Cary Grant. Aquella tarde en «Las cinco farolas», Caracolillo cambió mi rumbo. ¡Cuánto suelo echarte de menos, amigo! Feliz viernes a todos.
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