¡Buenos días! Volvíamos ayer del traslado del Cristo de la Buena Muerte desde la Catedral a su capilla universitaria, cuando empezamos a sentir aún más los ritmos de esta Cuaresma donde la Sevilla cofrade anda ya a dos semanas del Pregón. Me parece que es uno de los géneros más difíciles de llevar a cabo ante el público. Porque es un género artístico, por mucho que haya sido confundido tantas veces con homilías o comparecencias en los juzgados. No se olvide que el Pregón se pronuncia en un teatro y desde un escenario. Tiene sus reglas generales de éxito para traspasar la batería; pero fueron ignoradas por la mayoría de los pregoneros que lo han sido. Y entre tantos elegidos a estas alturas de la larga historia del Pregón, apenas unos cuantos han dejado verdaderamente una memoria viva de algunas frases o pasajes de sus piezas. Y siempre, siempre, desde 1956 (que ya es tiempo), quedó el estribillo de los recuerdos de un hito incomparable: Buzón, Buzón, Buzón, siempre el Pregón de Buzón. Pero como tú, ninguno. El gran poeta de Osuna, dotado de una sensibilidad nada común (un radar de la Semana Santa de Sevilla), manejó magistralmente los tiempos, el combinado de la poesía alterna a la prosa, la musicalidad de las palabras, una sonora y honda voz, el énfasis, la adecuada intensidad, además de una clave que el buen Pregón puede compartir con el flamenco: compás. Y por supuesto la capacidad de la oratoria, claro. Porque muchos creen que los pregones sirven para ser leídos, cuando para lo que tienen que valer los pregones es precisamente para ser pregonados. El resultado ha de ser aquel que señaló José Luis Campuzano Zamalloa en el suyo de 1958: y es que al influjo de la palabra del pregonero, Sevilla se diga su propio Pregón. Feliz lunes.





