¡Buenos días! Retomando lo de mi sospechas acerca de retirarme a tiempo como cantante, tuve dos momentos definitivos para asegurar mi decisión estando completamente convencido de que tenía que hacerlo. El primero de ellos vino de una gran ocasión que me brindó la vida en el sevillano Teatro Lope de Vega. Una noche, a punto de comenzar un concierto de María José Santiago y aún sin apagarse las luces de la sala, divisé en el patio de butacas a Paco Gordillo, el hombre que se había encargado de la carrera de Raphael desde que el artista era un menor de edad absolutamente desconocido, sin la ph aún incrustada en su nombre internacional. Estaba sentado junto a Gregorio Conejo, relaciones públicas del Betis, un gran amigo que siempre animó mis ilusiones. No me lo pensé dos veces, no tenía la opción de dudar, era ya, no después. Dirigí claramente mis pasos a Gordillo, marcando tan indudablemente mi dirección hacia él, que este se levantó educadamente de inmediato, y cuando Gregorio fue a presentármelo casi no le dejé hacerlo:
-Sé muy bien quién es este señor: es para mí el mejor mánager que ha tenido España.
Gordillo, muy amable, me apeó tratarlo de usted, y yo empecé a proponerle que mantuviéramos una reunión a lo largo de una comida. Me respondió con varios imposibles, argumentándome un rosario de ocupaciones diarias propias de su trabajo, dedicado entonces a Pasión Vega, para la que preparaba su próxima actuación en el Lope de Vega. Yo insistía. Y él que no. Y yo que sí. Se inició una especie de regateo con alegaciones en pro por mi parte, y en contra de la suya. Quiso incluso zanjar la cuestión dándome su tarjeta recomendándome a una casa de discos.
-Si yo no quiero eso, Paco; es otra cosa más importante que grabar con una compañía, es plantearte unas cuestiones sobre mi futuro y saber tu opinión, que vale mucho.
Viendo que en los días que iba a estar en Sevilla había tantos problemas de tiempo para que atendiera mi deseo, corté por lo sano, de golpe y porrazo, y le propuse citarnos en Madrid, sin una agenda tan ajustada como en Sevilla. Creo que lo desconcerté, pero no le cupo duda de mi interés:
-Mira, Paco, yo he viajado a Madrid montones de veces y por miles de tonterías, así que… ¿cómo no iría ahora para algo tan importante como comer contigo?
Y así, finalmente, logré convencerlo.





