¡Buenos días! Vicky tiene «los ojos llenitos de ayer», como cantados desde el verso de Serrat. Son ojos de un azul intenso de Málaga, pero iluminando para mí una noche de Huelva en Punta Umbría, cuando mi madre y mi tía Rocío me llevaron con mis primos hasta el cine San Fernando a ver «Tómbola». Fue allí, al borde del viejo muelle y las canoas, donde escuché por primera vez, con apenas cuatro años, lo de la luz y el color de la vida. Vicky tiene mirada de verano que nunca termina, de luz perpetua y oleaje incesante, a su aire y libre de las pautas de las mareas. Se ha saltado el tiempo. Me mira desde fotos que no amarillean, desde cromos que no pasan de moda ni se recuperan en la ocasión imprevista de los mercadillos que venden lo antiguo. Vicky me mira sobrecogiéndome. Sé lo que guardan lo más hondo de sus pupilas. Conozco bien ese brillo que descubro le viene de familia. Vicky es la hermana de la niña que sacrificó su infancia para que la mía corriera feliz y sin ataduras, saltando alegre las espumas de aquella playa inolvidable. Vicky vio la cruda realidad que en mi corazón acababa convirtiéndose en sueños. Asistió a la verdad. Yo a la imaginación. Me será siempre impagable la lejana noche de Punta Umbría, de Huelva con luz de Málaga, ahora que viendo los ojos de Vicky, de Vicky Flores, me hablan de los de su hermana… Se llamaba Marisol, se llama Pepa.
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