Buenos días. No me gustan los desayunos en los bares. Están llenos de ruidos ensordecedores: el fregado de los platos y los vasos, la agresión del tubo de las máquinas que calientan leches y leches, las voces de los camareros que demandan catálogos de formas de tomar café y gritan el número de las tostadas y lo que lleva cada una, la gente hablándose en un combate de volúmenes para hacerse escuchar, las sillas y las mesas arrastradas, el pregón de cada importe a cobrar por el que se encarga de eso en la caja… un horror. Un espanto de calle del Infierno en la que los decibelios han perdido la vergüenza. Por el contrario, me entrego al placer del desayuno en casa, a velocidad de óleo que diría mi buen amigo Carlos Herrera, mientras mi mujer y yo escuchamos un fondo educado y discreto de Morricone, como si procurásemos que la vida, al menos en esos momentos, se parezca al cine, que el amor entre ambos sea de película y que el principio de cada día sea una oración de gratitud que no necesita rezarse, un propósito de misiones que llevaremos a cabo lo mejor que podamos y sepamos. ¡Feliz sábado!





