¡Buenos días! La boda ayer de Cayetano Martínez de Irujo, volvió a sacar el clásico de la diferencia de edad entre parejas, teniendo el novio 62 y ella 29. Ahora se habla de estas cosas como de edadismo, otra palabreja estúpida y peyorativa de estos tiempos, también estúpidos, dicho sea de paso. Al aristócrata y su ya esposa aún le ganamos mi mujer y yo en ese terreno, pues nos une y llegará a hacernos indisolubles una diferencia de treinta y nueve años. He estado antes de Beatriz en las relaciones suficientes como para saber que esta nuestra es una experiencia personal e intransferible, sencillamente incomparable y, por lo tanto, muy difícil (o imposible) de explicar. Por eso conozco de buena tinta que a partir de su enlace los nuevos esposos deberán prepararse para llevar su historia de amor vigilados desde las tapias. No les faltarán quienes asomados desde ellas aguardarán el momento del derribo: «Ya te lo decía yo, que esto era por su cartera, que en cuanto a la joven le pidiera guerra el cuerpo…». Pobres. Habrán de quererse, como en aquella copla de «Amante de abril y mayo», contra el viento de la comidilla. Y dejar de lado a aquellos que aún no se enteran de que el amor, como Dios, es insondable. Tampoco caen en la cuenta de que el mundo está lleno de divorcios entre cónyuges que tenían muy parecida edad. ¡Feliz domingo!





