¡Buenos días! Lo de Raphael en la Plaza de Toros de la Real Maestranza, o donde sea, es aquello increíble que acabas creyéndote una y otra vez. Con él se mete el dedo en la llaga del milagro. De nuevo le ha tocado ser el Ave Fénix. Tiene un empeño indesmayable por una vocación a prueba de atentados. Me da a mí que sigue cantando para defenderse del tiempo con la desmemoria y energía que regala el escenario, con la fuerza interior que debe dar pisarlo mientras divisas que allí no cabe ya ni un alfiler. Sold out. El lleno es completo en todas partes, como en la Maestranza. A quienes se preguntan cuándo se va a retirar Raphael, a los aficionados que siempre están esperando la jubilación de los demás, les recomiendo interrogarse más bien cuándo tiene pensado retirarse su público. Creo que nunca. Porque su concierto son los cien minutos del multitudinario acto de amor entre un artista y sus admiradores. Raphael no sólo canta y su público lo escucha: Raphael y su público se quieren. Llevan queriéndose cerca de setenta años. ¡Feliz martes!

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