¡Buenos días! Llega un momento en el que los hijos empiezan a mostrarte un perfil distinto y novedoso, una manera muy gratificante de verlos y de verte ellos. Pasados los veinte, superada de sobra la adolescencia, se alcanza con los hijos un estado de gracia en el que empiezan a comprenderte y a saberte donde antes no fueron capaces de hacerse con la máxima idea posible de lo que eres, o de lo que eres al menos por ahora. Surge un clima de cierta amistad y confianza, de intercambio de pareceres y experiencias acerca de esta apasionante aventura que es vivir. Y eso que yo de mis hijas no quiero ser expresamente un amigo; deseo que me tengan siempre por algo mucho más grande que eso, la gran diferencia: ser su padre. Pero se inauguran unos interesantes diálogos que me sorprenden, un estreno maravilloso de comprensiones entre ambas partes. También ahora, conversando a menudo con ellas, caigo en la cuenta de que tanto como me pasó en la vida (a veces muy cuesta arriba, pero que muy cuesta arriba) sucedió para utilidad de ellas, para entendernos perfectamente en un idioma que tiene por imprescindibles palabras como esfuerzo, disciplina, seguridad en uno mismo, fe en Dios… un diccionario bien lleno de grandes significados. ¡Feliz martes!





