¡Buenos días! Yo tenía sólo seis años la noche en la que mis padres me llevaron hasta la Iglesia de San Juan de la Palma para cumplir los deseos de mi tío Fernando Peinado Merchante: apuntarme a la Hermandad de La Amargura. La Semana Santa estaba a la vuelta de tres semanas (22 de marzo, Domingo de Ramos), y al llegar al templo (a eso de las nueve, ya cerrado al público) nos encontramos el ambiente propio del largo y bien aprovechado gozo de las vísperas que, fecha a fecha, cumplen los capillitas, que es como entonces se llamaba a los cofrades. Los dos pasos ya se encontraban allí, preparados para iniciar inmediatamente el rito de subir a cada uno las imágenes sagradas. Recién depositada la Virgen de la Amargura sobre la peana y bajo su palio, mi tío Fernando me puso ante Ella, allá arriba, donde caía la gloria de su presencia, tan cercana y tan grande para mi pequeña estatura. Eso fue posible porque el amplio espacio delantero de la parihuela aún quedaba libre de la colocación, más tarde, de su candelería. En la iglesia se hizo un silencio de curiosidad por la inédita escena. Me arrodillé impresionado (esa impresión del niño que todavía andaba por la edad de los estrenos de la emoción, la de las primeras veces en que te va ocurriendo lo que es vivir). Y mirándola en el prodigio escultórico de su dolor sin rumbo, de sus ojos perdidos que no la conducen a ninguna parte, que no coinciden con nada ni con nadie, salvo derramado en lágrimas por un desolador vacío… mirándola le recé una Salve, que musité en la distancia corta que quedó entre mi infancia y su belleza. Así me hice hermano de La Amargura. Hoy se cumplen, en este 1 de marzo exactamente, 60 años de aquella noche. Con mi recuerdo y gratitud a mi tío Fernando Peinado. Y feliz viernes a todos.





