Buenos días. Buenos días así a secas, sin las admiraciones y el énfasis que pongo en cada mañana; y no porque el nuevo amanecer deje de merecerlo, sino porque ayer se hundió la tarde de Sevilla allá por el horizonte donde ni el horizonte divisas, o allá por donde se fueron desplomando las últimas sombras por los tendidos de sol de la Maestranza, al tiempo que un pasodoble tendía su puente de sones dramáticos, donde la música es capaz de hacer que queden en juego y a igual distancia la vida de la muerte, hasta la marcha fúnebre tejida con hojas de acanto en la trasera de un palio con faroles de Juan Carrero. Se había ido María del Mar Tristán, hija de José Manuel, la nieta de Pepín, con el que ahora estará incorporada y salvada en el cielo de los inolvidables. Para quien no lo sepa, porque estas cosas son muy de Sevilla (con lo importante que es que las cosas se conviertan en muy de Sevilla), Tristán es como el apellido de la Banda de Tejera. Mi querido amigo el periodista Fran Rabadán dice que no hay palabras de consuelo para José Manuel Tristán. Yo desde luego no acierto a encontrarlas en ese abismo que debe ser perder a una hija, en ese lugar difícil donde siento que los padres pisan tierra sagrada. Sólo me queda aprender a convivir una vez más con ese inmenso misterio que es Dios y a no perder de vista que Dios sabe más que nosotros. María del Mar iba a ser la futura directora de la Banda de Tejera, se estaba preparando para recibir el legado familiar. Tampoco a esto sé darle explicaciones. Querido José Manuel, hombre bueno, gran músico, tus dolores son las penas de quienes te apreciamos y admiramos.





