¡Buenos días! En los últimos años hemos escuchado sin parar lo de que somos lo que comemos. Indiscutible, añadiendo que también somos lo que bebemos. Pero todos sabemos que, siendo eso verdad, también debemos lo que somos a muchas otras cosas. Por ejemplo, somos lo que nos ilumina, la luz que recibimos. La gente del cine o de la televisión conoce muy bien lo que estoy diciendo y lo tiene muy en cuenta. Un foco mal situado puede hacer trizas a una belleza. Bien colocado y dirigido a un rostro, lo llega a realzar, saca partido a la cara que de otro modo no sería para tanto ante las cámaras. Sin necesidad de habitar en los ámbitos propios de actores, presentadores o modelos, en un ámbito mucho más corriente y doméstico cualquiera tiene su experiencia personal acerca de que la iluminación es decisiva para ofrecer nuestro aspecto. La del cuarto de baño, por ejemplo, decide nuestra apariencia mejor o peor ante el espejo, ayuda o dificulta el momento del maquillaje. ¿Y qué decir de las tiendas o de los grandes almacenes a la hora de la prueba de un traje, una camisa, la prenda que sea? La mayoría de los comercios no se ha planteado con rigor y profesionalidad esta necesidad. Se nota sobre todo en los probadores. Suelen tener instaladas luces cenitales que te machacan proyectando sombras que no favorecen y que provocan la sorpresiva impresión de que estamos muy mayores, con enormes bolsas en los párpados, o quizás padeciendo una hepatitis. Dan ganas de abandonar la posibilidad de comprarnos la ropa que ya no nos sienta tan bien como creíamos al descolgarla de los percheros. Dependemos tanto de una buena o una mala iluminación, que ni siquiera somos los mismos vistos de día que de noche. Y a los fotógrafos no les gusta retratar con sol; en el caso de una boda favorecen sus reportajes los cielos nublados. ¡Feliz miércoles!





