¡Buenos días! El halago más grande que pueda recibir de una mujer, como me sucede con la mía, es que me diga que la entiendo y que sé llevarla. Da gusto escucharlo de sus propios labios: «¡Cómo me comprendes! ¡Qué bien me sigues!». Y es que fueron tantos años y tantos intentos fallidos en busca de esa ciencia, que la satisfacción de haberlo logrado en el caso más decisivo de mi vida, me causa un gran regocijo… y hasta tranquilidad. Casi nada: conseguir entender a una mujer y cubrir las expectativas de sus deseos; dos requisitos indispensables que necesita, entre otros, su felicidad (que no deja de ser también la mía). Antes de estar preparado para conquistar a Beatriz, me pasé décadas equivocándome con las mujeres, desorientado, perdido en un puro despiste, observándolas mucho, estudiándolas, comparándolas, clasificándolas en prototipos, como si me las llevara a un laboratorio de incesantes soledades y desatinos para analizar sus muestras. Son un misterio, creo que hasta para ellas mismas. Seres insondables, con pasadizos secretos y cajas de doble fondo, una naturaleza distinta a todas las posibles en el conjunto de cuanto existe. De ellas llegó a decir el cineasta Berlanga y en pleno siglo XX: «No sabemos todavía qué es una mujer». Yo fui a contar esa frase un día a la cuarta planta del edificio donde trabajaba, con mesas ocupadas sólo por féminas. Fue sorprendente escucharles lo que opinaron: «Ni nosotras tampoco; tampoco nosotras hemos llegado a saber qué es una mujer». Probablemente puedan denominarse como el enigma más bello del mundo, digno de descifrar sus claves. ¡Feliz martes!





