¡Buenos días! Se nota enseguida cuando alguien empieza a hablar siguiendo instrucciones de su abogado. Cambia su discurso o su silencio hasta entonces desde el momento en que el letrado le diseña la estrategia a seguir en su defensa. Y en tantos casos no es que surja la mentira, sino la treta y el enfoque técnico necesarios que acabe obteniendo del juez la sentencia más favorable. Los abogados no dejan de ser en todo momento procesal los ventrílocuos de sus clientes. Les prestan una voz de estómago, les mueven por la espalda el movimiento de la boca. Es ahí donde se pierden y desdibujan las líneas que debieran separar la legítima defensa de la ilegítima inocencia. Pero así es el procedimiento español y así está previsto que se garantice toda justicia o, al menos, se quede lo más cerca posible de ella. Sólo por el planeamiento jurídico de un abogado o de su gabinete pueden comprenderse declaraciones sorprendentes, salidas de pronto de una trama urdida para quien antes no tuvo la más mínima ocurrencia sobre lo que ahora afirma. Y todo toma la nueva dirección de ganarle el terreno a una posible parte contraria. Los abogados no se ganan la minuta esclareciendo forzosamente la verdad, sino dedicándose a explorar sesudamente todos los resquicios legales posibles para liberar de toda condena a quienes les encargan salir de un buen lío. Bucean en códigos, artículos y hasta en la última salvación que suele ser la jurisprudencia. Después, los jueces tendrán la última palabra. Claro que, no pocas veces, también hay que admitir que resulte toda una ironía del lenguaje y la sinonimia que a las sentencias judiciales se les llamen fallos. ¿Que esto a qué viene? Como solía decir Cristo, el que tenga oídos para oir… que oiga. ¡Feliz lunes!





