¡Buenos días! Lo de salir ardiendo la Mezquita de Córdoba, lo del fuego en Notre Dame y los botes de pintura arrojados a la Gioconda en París, los martillazos de unos activistas al Velázquez de la National Gallery en Londres, o las tareas de «mantenimiento» de la Macarena en Sevilla, me llevan a distinguir a estas alturas entre lo fortuito y lo inaudito. Mientras Arquillo sigue empeñado en que somos ciegos y él muy profesor, aún no se ha aclarado cómo un barredor apagado y guardado en una capilla almacén puede ocasionar un incendio. Yo me he recorrido tanto el Louvre como el museo londinense ante la Plaza de Trafalgar, y no cavilo, por más que me esfuerzo, que las medidas de seguridad a las que me sometieron antes de entrar, tengan fisuras y rendijas para latas de pintura y martillos. Tampoco me entra que en el templo parisino se maneje un soplete como si fuera un fontanero en mi cuarto de baño. O que yo hubiera admitido por contrato que me toquen a la Macarena sin estar yo delante, por mucho Arquillo que se sea (es como creer que Plácido Domingo jamás podría desafinar). En un mundo cada vez más incompetente donde se le presume la competencia, todas las medidas de precaución y vigilancia son pocas. Sobre todo cuando la Mézquita de Córdoba es única. ¡Feliz domingo!





