¡Buenos días! Me da a mí la cosa de que no pocas veces se le ha puesto a Dios el listón más bajo de lo que le corresponde; si no, a ver cómo llegó a pasar que en la Historia de la Iglesia se lo llevaran desde el Evangelio hasta la Inquisición. Me da a mí la cosa de que ha sido contado perdonando menos de cuanto perdona, amando menos de lo que realmente ama y comprendiendo muy poco de todo lo que en verdad comprende. Dios nos ha sido entregado con una larga resta de su infinita misericordia por los seres humanos. Los supuestos «enseñantes» de Dios parece como si no hubieran parado de ofrecérnoslo en una de aquellas antiguas cajas abultadas de recortables. Me ha dado por pensar todo esto cuando hoy no me abandona el recuerdo de alguien que, visto lo visto de un mundo tan decepcionante en males, pero en el que tan amorosamente batalló, lo abandonó sin creer en Dios. ¿Y qué? ¿Qué cambia eso sobre la existencia de Dios para la persona que se dejó el corazón por todas partes? Nada. No dependemos de un acto final de fe para encontrarnos con Él. Lo importante no es tanto que nosotros creamos o no en Dios. Lo grandioso es que es Dios quien cree en nosotros. ¡Feliz martes!





