¡Buenos días! Hubo un tiempo en el que a la mañana siguiente de haber visto la tele por la noche, todos nos contábamos lo mismo. En el colegio por ejemplo, unos con otros rememorábamos en el patio, con pelos y señales, las secuencias de los episodios de «El Santo», «Los Intocables» o «El Fugitivo». Pero eso se convirtió en una «misión imposible» el día que Televisión Española dejó de ser la única televisión -la mejor de España, la llamábamos con ironía- porque llegaron las privadas. Ahora pasa igual con los periódicos. Tampoco comentamos ya lo que trae el de siempre que ha dejado de ser lo que fue. Ante el ordenador nos hemos dispersado entre la variedad de ofertas locales, nacionales y hasta extranjeras. Internet es eso: el mundo ahí mismo. Y a la prensa le ha quedado un pequeño reducto de lectores que siguen cruzando la calle para comprarlos en el kiosko de enfrente, mientras que en las versiones digitales las noticias y los artículos, apenas comienzan a leerse, salen desenfocados y en fade (como las canciones que finalizan perdiéndose poco a poco). Es el anzuelo que espera a que se pique en la suscripción. ¿Hay muchas suscripciones? El Estudio General de Medios (EGM) no las abarca; y la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD) ni siquiera incluye a periódicos sevillanos en sus datos de relevancia, que además siguen decreciendo en todo el país. Ya no hay conversaciones donde compartir lo leído en la letra fresca e impresa de cada mañana. Más bien se ha aprendido a vivir en la economía de lo prescindible. No pasa nada por no conocer la opinión de quienes antes marcaban tendencias. La gente vive tranquila sin que eso sea un problema, el que más bien está en el alero de los columnistas, ya que no son leídos tanto como se proponen. ¿Qué va a ser de ellos? Ha dejado de existir la puesta en común de sus lectores. ¡Qué lejos quedan los años en los que todo el mundo comentaba el recuadro de Burgos! ¡Feliz lunes!





