¡Buenos días! Este fue en tiempos un deseo tempranero de madrugadores desconocidos que se cruzaban por la calle. Te dabas los buenos días con cualquiera que te encontrabas, fuera quien fuera, a esas horas en las que apenas si está rayando el alba y la ciudad aún casi desierta de transeúntes te hace coincidir con otros que, como tú, se dirigen a su trabajo. Pero, como tantas cosas, darse los buenos días ha pasado a la historia de unas buenas costumbres que hicieron la vida mucho más afable. Tú no sabías quiénes eran los viandantes de la reciente inauguración de otra mañana, ni ellos tampoco lo sabían de ti. No hacía falta, no hizo falta en épocas todavía sin deshumanizarse hasta el grado y gravedad en que lo humano ha llegado a no contar. Ya me pareció preocupante que las máquinas expendedoras de tabaco o los surtidores de gasolina empezaran a darnos las gracias en vez de las personas. Ya me inquietó comprobar una y otra vez que no es que no te dieran las gracias; es que si las dabas tú no te contestaban «de nada». Todos los buenos modales y una educación en urbanidad se iban convirtiendo a un mundo escaso y rácano de gentilezas y cortesías. Me inquietó que hasta los buenos días, dados desde siempre con un generoso plural, se deseaban ya en singular, buen día, como gota a gota, una felicidad para los demás con restricciones. Entendí que sigilosamente los robots se iban a encargar poco de la cordialidad, en los cajeros de los bancos o en las contestaciones por teléfono. Imagino que la inteligencia artificial no tardará mucho en usurparnos todo el encanto de las relaciones humanas. ¡Feliz jueves!





