¡Buenos días! Mi hija María, desde Roma, iba enviándome ayer los videos que iba grabando sobre el encuentro del Papa con miles y miles de jóvenes que acudieron al Jubileo desde todas las partes del mundo. Ella, desde Andalucía, la que en la noche de la víspera llenaba la Plaza de San Pedro con voces que al unísono dedicaban la Salve del olé olé olé a la Virgen del Rocío. Había que ser de piedra para no conmoverse, para quedarte a dos pasos de no tener ya solución como ser humano, para tocarte el corazón y descubrir que no late. Me vino entonces a la memoria aquella mañana del 5 de noviembre de 1982, vivida en la explanada sevillana de la Feria, cuando Juan Pablo II, Testigo de Esperanza, recibió del arzobispo Amigo la más breve y certera explicación acerca de la Blanca Paloma que yo al menos haya escuchado jamás: «Rocío, Santidad, es el nombre con el que en Andalucía llamamos a la Virgen». Se lo conté a María. Ella sabe que ya no estoy en el catolicismo de tantos años, de tanta vida; sabe que ya no creo en la Iglesia porque, sencillamente, la Iglesia ha llegado a parecerme precisamente increíble. Pero también sabe que mi credo es que cada cual ha de recorrer su camino propio, porque hay muchos caminos para llegar a Dios, no uno. Me parece una gran arrogancia proclamar que hay un sólo bautismo para el perdón de los pecados. Sin embargo, me siento inmensamente feliz por saber que mi hija, en el Vaticano, con toda seguridad está cantando al Amor de los amores. ¡Feliz domingo!
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