¡Buenos días! Dice mi mujer -y eso que lo dice desde su juventud más palpitante- que el tiempo es como uno de esos paquetes de patatas fritas que te venden bien abultados, pero que cuando los abres te sientes timado con tanto aire, preguntándote: «¿Y esto es todo lo que traía?». Miro hoy esta foto de 1966 y la siento ahí al lado mismo de 2025. Y me interrogo desorientado: «¿Ya? ¿Ya pasó esto, también pasó ya esto?». Nos la hicimos en uno de aquellos veranos en la Hacienda El Polvorón, de Alcalá de Guadaira, propiedad de mi abuelo paterno, el primer Pepe Fuertes que yo sepa. Estamos sentados junto a la alberca. Entonces no se llamaban piscinas, y servían tanto para bañarnos como para destinar su agua al riego de las huertas. Esta clase de imágenes, que salen de pronto del cajón de aquellas pequeñas cosas que cantó Serrat, me valen como una oración de agradecimiento a Dios por los privilegios vividos en mi niñez, en los años disfrutados en aquella auténtica mansión en la que a mi madre le sobraban plantas y habitaciones por todas partes para acomodar a su familia entera, con servicio incluido. Y también me vale esta foto para desorientarme, una vez más, el hecho de que se nos vayan quienes jamás hubiéramos imaginado por los felices días de aquellos veranos. Originalmente esa foto fue en blanco y negro, pero gracias a Beatriz sé muy bien que cualquier tiempo pasado fue en color. ¡Feliz lunes!





