¡Buenos días! En la desdichada Junta de Gobierno de la Hermandad de la Macarena se dio ayer la tercera dimisión. Eduardo Dávila Miura, teniente de hermano mayor, la ha presentado con carácter irrevocable. Ha tardado quince días en tener vergüenza torera, la que se le suponía con mucha más inmediatez y celeridad. Hay decisiones que en esta vida hay que tomar con mucha más capacidad para evaluar el momento oportuno, en proporción directa con la gravedad enorme de un lamentable suceso como el que ha provocado una Junta incompetente, sin resquicio alguno para justificarse. El comunicado de Dávila Miura aún insiste en procurarse lugares de salvación donde dignificarse algo en la comisión de esta barbaridad. Matiza que no son culpables, pero sí responsables. A mí me parece que han sido las dos cosas. En cualquier caso, como un hermano más de La Macarena, otorgo de momento el beneficio de la duda donde no se ha dado ninguna explicación creíble y esperándolas todas en el próximo Cabildo General Extraordinario, que ha de proponerse (porque si no, ¿para qué?) contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Y espero que en este ánimo de honradez de Dávila Miura, aunque con notable retraso, no trame la estrategia de un lavado de cara para insistir en presentar -como lo tenía previsto hace meses- su candidatura a hermano mayor. Es legítimo, pero también inútil. Lleva en su expediente un error a título de perpetuidad. ¡Feliz sábado!





