¡Buenos días! Analizar la procesión del Cachorro en Roma no conlleva perder el alma ni cegar mi mirada en su mirada, esa que, por el Coliseo o cruzando el puente de Triana, tiene pupilas de vida eterna, esa mirada que anuncia su muerte, pero proclama su Resurrección. Así lo pontifican algunos regresados del triunfalismo de las emociones, los tetrarcas y sumos sacerdotes de siempre que nos acusan de superficiales. También los críticos somos capaces de lo mismo que ellos con nosotros: déjalos que se distraigan. Pero los medios en general no abandonan el debate valiente y sincero, incluyendo en los elementos de juicio el desglose de los elevados gastos públicos, produciéndose, cada vez más, opiniones indisimulables de que en Roma las cosas no salieron como se esperaban. Tanto lo sabe hasta el arzobispo de Sevilla, que ayer quiso suavizar el descontento general trayéndose del Vaticano unas corteses palabras de agradecimiento del Papa que no se dignó a venerarlo en la mismísima Basílica de San Pedro. Como en todo asunto que se tuerce lo mejor es no echar hierro, un cierto sentido del humor puede ser una buena manera de resignarse. El problema de todo esto es que cuando León XIV estuvo en Sevilla viendo, como prior general de la Orden de San Agustín, la Semana Santa de 2002 (y en concreto el Viernes Santo y, más en concreto, al Cachorro), probablemente no se enteró de nada, por más fotos que le hiciera al salir de la Catedral. Al cardenal Robert Prevost le faltaron los buenos cicerones que tuvo el padre Cué en la Semana Santa de 1947, contando con Manuel Ferrand, Julio Martínez de Velasco, Carlos Acedo, Juan Delgado Alba y Joaquín González Moreno. Prevost lo vio todo sentando en una silla de la Plaza Virgen de los Reyes, y en una silla no hay quien se entere de qué va nuestra Semana Santa. Nadie lo encaramó a los mejores balcones, ni lo acercó hasta el asombro de las esquinas por donde asoma un palio, no le descubrieron el escalofrío de un paso salvando estrecheces de callejones y puertas ojivas. No pudo oir «Amarguras» o el sonido de las conteras de las varas sobre los adoquines. Prevost no advirtió cómo llora Sevilla. De haber ocurrido eso, no me cabe duda de que el Cachorro tendría ahora, de vuelta en su barrio, la foto más deseada de todo un Papa de rodillas ante todo un Dios. ¡Feliz jueves!





