¡Buenos días! Vaya por delante que la tinta del que escribe debe ser la del respeto a los demás cuando los demás no piensan como uno o ven las cosas de otra forma a la tuya. Sólo preservo una excepción: que si a mis ideas se les dispara, yo entonces también lo hago en legítima defensa. Dicho esto, ayer no se alcanzaron dos metas como se pretendieron. Una fue el Cachorro en Roma, un acontecimiento que pudo haber sido verdaderamente grandioso, pero gestionado por una organización que, incluso antes de llegar a la ciudad eterna, ya empezó a asumir grandes rebajas a sus planes. Es mucho Vaticano y su Curia para que siga los pasos -nunca mejor dicho- previstos por la hermandad trianera en complot con otra malagueña. Siento haber recibido una y otra vez las crónicas del disimulo y los titulares periodísticos de una grandilocuencia ridícula: «Roma se rinde ante el Cachorro», «Andalucía toma Roma». Me parecía ser tomado por Paco Martínez Soria en «La ciudad no es para mí», recién bajado del autobús con la gallina en la caja de cartón. Conozco bien Roma. Me la he pateado de arriba a abajo en dos viajes que suman unos quince días, repitiendo sus lugares de día y de noche, pasando ante la Fontana de Trevi, junto a la que tenía el hotel (precisamente llamado Trevi), tantas veces como si fuera el quiosco que queda frente a mi casa. Y lo que tampoco salió bien ayer fue lo de Eurovisión, con una diva que quedó en la cola. ¡Feliz domingo!





