¡Buenos días! Ya la he pisado. Nunca me privo de estos momentos, cuando todo es un trasiego de preparativos: camiones de empresas, furgonetas o turismos privados en cometidos varios de descargas… Sevilla de festiva mudanza, trasladándose de un hogar a otro, de vivir donde siempre a habitar en lo excepcional, de lo particular a lo universal. Las calles están tranquilas, en un complot de silencio propio de quienes andan urdiendo los secretos de una fiesta por sorpresa. Las lonas echadas de las casetas se guardan de miradas, como si preservaran la discreción que merece el tocador de una mujer, armándose de galas de belleza, erigiéndose en una hermosura íntima que aún no quiere promulgar, que todavía pertenece sólo al reflejo de las cornucopias y al amparo de los encajes. Y hay volcados de albero, que me hace recordar aquella sevillana: «¡Ay qué alegre es el albero, que pongan tierra amarilla en el Parque y sus senderos, en la Feria de Sevilla y a los pies de los toreros!». ¡Feliz lunes del alumbrado!
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