¡Buenos días! Hoy escribo de recogía. Dejo, por ahora, mi parecer sobre la pasada Semana Santa de Sevilla, un parecer que ha resultado coincidir con el de tantos que aún poseen cordura. Ha sido un parecer sinónimo de padecer. Me podrían preguntar entonces si no he disfrutado de la Semana Santa. Sí, claro, y mucho; pero ha sido por sabérmela desde la veteranía del niño que con dos años ya fue nazareno de la Hiniesta. La averiguo en presunciones de enclaves y momentos que ignora esa plebe inerte que espera sentada en las aceras dos horas antes de que aparezca una cruz de guía, los que no tienen nada mejor que hacer ni economía que les permita haberse ido de vacaciones lo más lejos posible. Naturalmente no voy a dar la más mínima pista de mis recursos para deshacerme de sus entorpecimientos. No caeré en la idiotez de los programas que te señalan los lugares recomendados. No voy a contar la Semana Santa con asterisco. No los quiero allí con sus catetadas, su falta de educación, de exquisitez, de buen gusto, silbando marchas suplantando a la banda que tienen ante sus narices. Sé esperar a que se larguen en bandadas de autobuses llenos, camino de sus barrios y sus pueblos, e irme en busca de la Semana Santa genuina y refinada que se llama eterna en los viejos libros de Luis Arenas, la que sale en el color de este siglo, pero hallas con sabor de estampas sepias. Una Semana Santa sin el vocerío televisivo de los lamentables locutores de mala y metálica voz que creen estar retransmitiendo la salida de un paso como si fuera un gol en el carrusel deportivo. Esto no se va a arreglar en dos días ni en un año. Está demasiado deteriorado. La reparación será larga. Al Ayuntamiento le urge un Libro de Reglas, y otro de estilo a muchas juntas de gobierno. Pongo aquí mi broche de oro con la Soledad de San Lorenzo, porque la Semana Santa no acaba con un Resucitado. Eso ya es Domingo de Resurrección. Que yo sepa de toda la vida. ¡Feliz sábado y vámonos pa la Feria, cariño mío!





