¡Buenos días! Con la Feria ya encima y a menos de una semana del alumbrado, no podría sentirme más acompañado hablando aún de la Semana Santa. En la cuestión estamos ya tantos como para formar un tramo. Periódicos y televisiones andan todavía liados con análisis sobre lo que ha sido la última. Y verdaderamente es grave la cuestión, porque la Semana Santa de Sevilla ha cogido unos derroteros por los que ha ido desbordando medidas de todo tipo y extraviando los mejores cánones estéticos conquistados a base de una historia secular. La Semana Santa de Sevilla ha perdido gusto, exquisitez, refinamiento… aroma. Nunca fue perfecta -casi nada lo es-, pero no me acabo de bajar del autobús para verla y por eso sé que se ha vuelto chabacana. Por ejemplo, en el caso de esas bandas de música que acompañan los pasos de Cristo y no son más que lo que siempre hemos llamado un guirigay. Parecen gallineros de cornetas, cuando no chillan, como si se hubieran vuelto locas y perdidas en una melodía esquizofrénica que siguiera extraños impulsos. ¿Qué pretenden, ser Morricone? Pues ese fue un genio irrepetible. Si no las paran en su enloquecedor ruido, un año de estos también introducirán un amago ridículo de los inimitables silbidos de Kurt Savoy en las películas del Oeste. ¡Feliz miércoles!





