¡Buenos días! No hay soluciones unánimes para los problemas de la Semana Santa de Sevilla. Tampoco acuerdos fáciles entre las partes involucradas. Pero hay al menos unanimidad en la necesidad de sentarse urgentemente, con la cera casi caliente y antes de que se despegue de nuestros recuerdos, para poner remedio a lo que no debe repetirse. Otra vez no, por Dios; o esto acabará con los cabales encerrados en casa y la calle tomada e invadida por un tropel de catetos que no saben dónde están de pie… o sentados en las aceras comiendo pipas. Ahora bien, si el problema de raíz es la masificación, yo sería incapaz de atajarlo recortando derechos que estimo legítimos: no soy partidario de los númerus clausus ni para nazarenos ni para el público. Hemos de estar todos lo que queremos estar. Incluso han de poder estar hasta los que no tienen nada mejor que hacer ni saben qué hacer en Semana Santa. Pero para eso ya nos podemos imaginar alcanzar la desembocadura de la convivencia respetuosa entre todos. Y cuando una sociedad no atiende espontáneamente y de motu propio a las buenas conductas entre unos y otros, no queda otra que normar, dictar reglas, ordenanzas que las hagan posible y de obligado cumplimiento. Cuando la convivencia (y esto es tan viejo como el Derecho romano) no puede ampararse meramente en la educación, el civismo o la ética, ha de jugar su papel forzoso el ámbito de lo jurídico. ¡Feliz lunes!





