¡Buenos días! Escuchaba atentamente la homilía de un sacerdote que en la Parroquia de la Magdalena se esforzaba por llevar luz al dolor de una madre que iba a enterrar a su joven hijo. De pronto la miró diciéndole: «Dejemos a Dios que sea Dios». Nunca había escuchado yo algo así. Quizás de otra manera, con otras palabras, pero jamás con tanta claridad y rapidez. Y caí en la cuenta de tantas veces como se nos ha contado a Dios de una forma que no es. En la misma historia de la Iglesia, ¡cuántas innumerables ocasiones hubo contándonos a Dios como Dios no era, en palabras y voluntades que se le han atribuido sin que realmente fueran las suyas! ¡Cuántos ventrílocuos ha tenido Dios que le han movido los labios a su antojo y ocurrencias! ¡Horror dan hasta las sentencias y condenas que Dios no dictó! Hoy despide el mundo a un Papa, molesto para tantos, conservadores cómodos e inamovibles, inquisidores y más sordos que una tapia, porque dejó a Dios ser lo que es: infinita misericordia con lo humano, cercanía, sensibilidad para permitir que le tocaran el manto, comensal de pecadores y publicanos, capaz de llevarse al Reino a un malhechor y asaltante de caminos, o descarado para atreverse a decirnos que las prostitutas pueden precedernos allí donde creamos que ya está reservado nuestro asiento de preferencia para los decentes. El Papa dejó a Dios que fuera Dios. No le escondió ninguna llave de las puertas que Dios abre a todos, ni lo echó de ningún sitio ni condición donde Él quiere estar junto a sus criaturas. En el Evangelio no se excomulga a nadie; simplemente puede irse uno del lugar donde no es bien recibido y largarse sacudiéndose el polvo de las sandalias. ¡Hasta siempre, Francisco, Papa de los pobres!





