
¡Buenos días! Suele decirse que cada cual cuenta la procesión como le va. Pero por lo oído y leído parece que la Semana Santa nos fue a todos bastante parecida. Estoy obligado a un ejercicio de honradez, reducida mi narración a lo que me tocó vivir en cada parcela, en cada calle o plaza por la que discurrieron las cofradías. No soy un dron, carezco de una visualización aérea, de conjunto y amplia. Sin embargo, lo compenso con muchos kilómetros a pie de un extremo a otro de la ciudad. No estoy precisamente en sillas de Sierpes o de la Campana. No me siento en un palco. Y creo que la Semana Santa de Sevilla tiene rotas las costuras. Lo último que se me ocurriría en estos tiempos es invitar a nadie para que venga a conocerla. Sería el objetivo imposible de un anfitrión fracasado de antemano. El alcalde ya ha hecho su balance positivo. Lo entiendo. Los alcaldes, al fin y al cabo políticos, siempre están como el de «Tiburón». Tampoco ignoro que si peleas la batalla de la seguridad donde el campo está abonado para que el terrorismo se haga con la publicidad sangrienta de cientos de víctimas mortales, has triunfado, un año más, sobre esa amenaza potencial. Desde ese temor lo que menos te importa ya es si la lluvia ha suspendido unas cuantas salidas. Pero mientras respira con ese dato en la mano, el alcalde también ha sido lúcido para requerir una reunión de todas las partes involucradas en la Semana Santa, porque tal como se ha puesto verla, corre mucho peligro. ¡Feliz jueves!





