¡Buenos días! Era el 26 de octubre de 2015 cuando el Papa Francisco, en el Aula Pablo VI del Vaticano y ante cinco mil personas, escuchaba sentado y con suma atención el cante de la jerezana María José Santiago dedicado al beato Ceferino durante el encuentro del Pontífice con el pueblo gitano. Lo que vino después dio la vuelta al mundo gracias a las cámaras que estaban grabando el acto: el Papa, conmovido, se levantó para aplaudir la interpretación de la artista; y la emoción de cada uno acabó reduciendo a la nada la distancia escénica que había entre ambos, resultando espontáneamente el abrazo de la cantante con el Sumo Pontífice. Muchos condenaron entonces que de aquella forma se derribara el protocolo y acusaron a María José Santiago de falta de respeto al Papa. Tuve que hablar con ella porque la estaban poniendo verde en los medios, con un acoso y derribo que padeció hasta el punto de perder las ganas de comer. Salí entonces públicamente en su defensa y señalé, a través de un artículo y una vez más en esta vida, a quienes no han leído el Evangelio ni por el forro, a los meapilas, a los meros consumidores de hostias, a los de los golpes de pecho. La imagen del Papa con María José Santiago fue seguramente la primera foto que de manera indudable dio la pista de por dónde venía el estilo del Santo Padre, esa forma de ser que hoy se tributa ante su féretro por parte de un catolicismo agradecido a su proximidad y cercanía. Tras aquel cante se diría que empezó a sonar una nueva música necesaria de urgencia para la Iglesia. ¡Feliz miércoles!





